lunes, julio 21, 2014
martes, abril 15, 2014
Eclipse de luna
ayer se puso la Luna.
Coqueta como ninguna,
no se quería broncear.
Escondido tras el mar
el sol su rostro miraba,
mientras ella se mojaba,
y nadaba sin parar.
En la orilla de la playa,
una nube que pasaba,
contó que el sol la espiaba,
sin recelo, con amor.
La Luna estaba desnuda,
su faz estaba empapada,
tanta vergüenza le dió,
que se puso colorada.
Foto: Priscila en Flickr
jueves, noviembre 28, 2013
Si quieres vivir plenamente, cuelga los impermeables.
¿Qué es la felicidad?.
Yo creo que la felicidad, al igual que la excelencia, que la calidad y que tantas otras cosas en la vida, no es algo que se tiene o no se tiene.
Creo que es un proceso, un continuo de infinitas gradaciones de la felicidad. Aún en nuestros peores momentos, siempre hay algo de felicidad. Nunca somos totalmente desgraciados.
Y aún en aquellos momentos en que nos sentimos muy felices, siempre hay algo que hace que esa felicidad no sea completa.
Sin embargo, hay momentos en que nos creemos total y absolutamente felices, y otros en que nos creemos total y absolutamente desgraciados.
Y eso, ¿por qué?
Yo creo que andamos por la vida vestidos con impermeables, con "pilots" como decíamos hace unos años.
Y tenemos un impermeable blanco y uno negro.
El impermeable blanco nos protege de que nos empapen los sentimientos y emociones negativos. La envidia, la ira, el odio, el rencor, la codicia, el dolor, la tristeza...
Pero claro... es blanco. Al cabo de un tiempo, se va ensuciando de negatividad y lo dejamos de usar, mientras lo limpian.
Y nos ponemos el impermeable negro. Este impide que nos moje la belleza, la simpatía, el amor, la sencillez, la humildad...
Cuando usamos el impermeable blanco, nos sentimos total y absolutamente felices, porque nos resbala todo lo negativo. Lo propio... y lo ajeno. Somos impermeables a lo que nos agrede y poco nos importa la desgracia de los demás. Somos felices, y vivimos encerrados en nuestra felicidad.
Y cuando usamos el impermeable negro... ¡Ah! cuando usamos el impermeable negro nos sentimos el individuo más desgraciado del universo. Nada nos gusta, nada nos conmueve, todo nos resulta poco, sentimos que el mundo se nos viene arriba.
¿Saben qué? Hace ya un tiempo, yo dejé mis dos impermeables bien al fondo en mi ropero. Y trato de no usarlos.
¿Qué locura, no? Pudiendo usar siempre el impermeable blanco, para pasar por esta vida feliz, y protegido de la amargura. O podría tener varios impermeables blancos, para ir cambiando a medida que se ensucian.
Hay gente que pasa toda su vida preguntándose cual es el sentido de la Vida. Y no se han dado cuenta de que el sentido de la Vida es sólo uno. Y muy simple... La Vida es para vivirla. Así, sin más.
Y vivir implica llorar, reír, emocionarse, tener momentos más alegres que otros, sufrir, amar, rebelarse, enojarse, reconciliarse...
Los impermeables tienen un defecto. No dejan que nuestro cuerpo respire bien, porque son impermeables para todo lo que entra. Pero también para lo que tiene que salir.
El impermeable negro no deja que saquemos nuestras emociones negativas hacia el exterior, para que podamos sentirnos aliviados y permitirnos compartir esa carga pesada con alguien que nos quiera ayudar.
El impermeable blanco, no deja que saquemos de adentro nuestro todo lo bueno que tenemos para compartir. Lo dejamos encerrado entre nuestro ego y nuestra alma. Y sólo lo disfrutamos nosotros.
Pero, peor aún, no deja que podamos probar nuestros límites. Darnos cuenta que, sin ser perfectos, podemos resolver situaciones que pensábamos que no íbamos a ser capaces de resolver, soportar cargas que pensábamos que no íbamos a poder llevar. En fin, que somos un poquito más perfectos de lo que nosotros mismos creíamos ser.
Dejemos de usar nuestros impermeables.
Eso sí... no los tiremos a la basura.
Si, en algún momento, la desgracia nos abruma, podemos ponernos, por un ratito nomás, hasta recomponernos y tomar fuerzas, el impermeable blanco. Se va a ensuciar rápido, sí. Pero un ejército de tintoreros con forma de familia, amigos y buena gente que nos rodea, lo limpiará enseguida. Además, vamos a usarlo un ratito, nomás.
El impermeable negro, dejémoslo ahí. Colgadito en su percha. Para recordarnos que todo, pero todo, lo que pasa en nuestras vidas, nos da experiencia y sabiduría.
lunes, mayo 27, 2013
Diez razones por las que concurriré a votar el 23 de junio.
- Porque creo que el referéndum es un recurso esencialmente democrático que permite que el pueblo decida si quiere mantener la ley o no. Creo que el recurso de referéndum debe ser habilitado. Luego cada cual, a solas con su conciencia, decidirá si le parece conveniente mantener la ley o derogarla
- En mi caso personal, en que considero que la ley debe ser derogada, me apoyo en el artículo 7º de la Constitución de la República Oriental del Uruguay, que protege la vida de todos los habitantes de la República, sin hacer distinción de su edad ni de su calidad de nacido o no.
- Lo anterior se basa en el concepto de que hay vida a partir de la concepción, y de que la célula es la mínima unidad viviente, por lo que a partir de la fecundación estamos en presencia de un organismo vivo.
- No comparto que la ley de aborto permita a la mujer decidir sobre su cuerpo. Considero que está decidiendo sobre el cuerpo de otro, que ella decidió, en alguna forma, concebir
- En aquellos casos de embarazo involuntario, por ejemplo producto de una violación (y no se me ocurren muchos ejemplos más en que sea realmente involuntario podría llegar a admitir, aún a sabiendas de que es una forma de aborto, el uso de la píldora del día después
- Mi condición de hombre no me impide tener opinión formada sobre este tema. Además de hombre soy hijo, esposo y padre
- Cuando el hijo que se lleva en el vientre no es deseado, se puede favorecer el darlo en adopción en forma inmediata al nacimiento
- Los abortos ilegales en condiciones inseguras deben ser abolidos. Pero para ello son necesarios más controles y no una ley que haga legal el aborto
- La ley no contiene ninguna medida para disminuir el número de embarazos indeseados, dejando el aborto como última opción para casos excepcionales
- Quiero que mi hija se críe en un país donde se promueva el sexo responsable, y la ley de aborto legal no lo hace
martes, abril 02, 2013
Reflexiones sobre el respeto
Estimado
lector, no soy filósofo, ni educador, ni sicólogo. Pero igual creo que
tengo credenciales suficientes como para compartir con usted estas
reflexiones.
En
mi abultado currículum se incluyen 51 años de experiencia como hijo, 12
años de experiencia como padre, 35 años de experiencia como empleado,
25 años de experiencia con personal a cargo, 17 años de experiencia como
esposo y varios etcétera más.
Y el punto en común que aprendí de toda esa experiencia es:
"El respeto NO SE IMPONE. El respeto SE GANA"
Sí, sí... lo sé... usted estará pensando "Más de lo mismo... este individuo cree que descubrió la pólvora con esa frase". Sé que mucho se habla y escribe
sobre este tema, incluso usando la misma frase que yo acabo de usar.
Pero, sin embargo, aún seguimos escuchando frases como "su aspecto impone respeto", "respetame porque soy tu padre", "vos a mi no me faltes el respeto", "hay que respetarlo porque es el jefe"...
Confundimos el ejercicio de la autoridad y la debida obediencia con el respeto y aún, a veces, confundimo el temor que alguien nos causa con una supuesta imposición de respeto hacia esa persona.
Querido amigo, elevar la voz, propinar un golpe, poner cara de malo... no hará que sea más respetado ni por sus empleados, ni por sus hijos, ni por sus padres, ni por sus vecinos, ni por nadie en este mundo.
Si cree que usted no es capaz de lograr que otros compartan su forma de ver y sentir las cosas y estar de acuerdo con usted acerca de "la manera correcta de hacer las cosas" y trata de imponer esa visión con gritos, golpes o malas caras, entonces el primero que se está faltando el respeto es usted mismo.
El respeto nace dentro de nosotros mismos y está íntimamente relacionado con nuestros sentimientos y nuestras convicciones. Y, si recuerda el párrafo anterior, con nuestra autoestima.
Pasa por la aceptación (del otro y de nosotros mismos), por conocernos profundamente en nuestros defectos y nuestras
virtudes para, sin dejar de tratar de mejorar los unos y potenciar las
otras, aceptarnos como seres imperfectos y, desde esa posición, aceptar
también las imperfecciones de los demás.
De
esta forma, podremos contagiar nuestras virtudes y ser contagiados con
las virtudes de los demás, podremos tolerar y tolerarnos, podremos
mantener una sana y sólida relación con todos los seres que nos rodean, hacia arriba, hacia abajo y hacia los costados. Podremos, en definitiva SER RESPETADOS y RESPETAR, que lo uno sin lo otro, no existe.
lunes, febrero 18, 2013
Portfolio
Portfolio, un álbum en Flickr.
viernes, enero 25, 2013
Una mujer volando con el viento
No era tarde aún. Bea volvía a su casa. La tormenta estaba cada vez más fuerte y su rostro estaba empapado de lluvia... y lágrimas.
Nunca podría olvidar lo que había visto aquella noche. Ni perdonarlo.
Llegó, abrió la puerta, fue a la cocina y eligió un puñado de pastillas del placard, que tomó casi sin agua.
Se dió una ducha caliente y así como estaba, se acurrucó en la tibieza de su cama y cayó en un profundo sueño.
La ventana se abrió de golpe con el viento y Bea se vió volando a través de la ventana. Tal vez por el calor de las mantas, o por esa extraña sensación de felicidad que sentía, no tenía frío, a pesar de que el viento era muy fuerte.
Debajo de ella veía las luces de la ciudad, y más adelante el amplio espacio oscuro del Río de la Plata. Cuando llegó a estar sobre él, las nubes comenzaron a despejarse y la luna, con su cara siempre triste, asomó tímidamente.
El viento cesó de golpe. Y Bea, cayó, cayó, cayó...
(Inspirado en un tweet de @Bea_Shrink)
miércoles, noviembre 28, 2012
El libro de la vida
Me gusta imaginarme la vida cuál si fuera un libro, que se va escribiendo a través de los años.
Cada etapa de nuestra vida, la infancia, la adolescencia, la adultez, la madurez, la vejez, es un capítulo de este libro.
El pasaje de una etapa a la otra implica cerrar un capítulo, dar vuelta la página y comenzar uno nuevo.
Pero, al igual que en un libro, nada impide volver atrás y releer lo que ya está escrito, volver a pensarlo y actuar para que la transición entre un capítulo y otro sea fluida y disfrutable y el libro, en general, nuestra vida, sea una unidad indivisible donde todo está conectado.
Este libro de nuestra vida tiene muchos autores, y tiene la particularidad de que las últimas páginas no están escritas por nosotros, sino por nuestros hijos y nietos, con el legado de vivencias y emociones que les habremos dejado.
Estas serán a la vez el epílogo de nuestro libro y el prólogo del de ellos.
Cada etapa de nuestra vida, la infancia, la adolescencia, la adultez, la madurez, la vejez, es un capítulo de este libro.
El pasaje de una etapa a la otra implica cerrar un capítulo, dar vuelta la página y comenzar uno nuevo.
Pero, al igual que en un libro, nada impide volver atrás y releer lo que ya está escrito, volver a pensarlo y actuar para que la transición entre un capítulo y otro sea fluida y disfrutable y el libro, en general, nuestra vida, sea una unidad indivisible donde todo está conectado.
Este libro de nuestra vida tiene muchos autores, y tiene la particularidad de que las últimas páginas no están escritas por nosotros, sino por nuestros hijos y nietos, con el legado de vivencias y emociones que les habremos dejado.
Estas serán a la vez el epílogo de nuestro libro y el prólogo del de ellos.
El fruto y el árbol.
(Inspirado en un trabajo realizado por mi hija mayor, próxima a finalizar su ciclo escolar).
Cuentan que había una vez un árbol, que comenzó siendo una pequeña semilla, luego un pequeño retoño, hasta que creció y dió frutos.Y un día esos frutos maduraron, y debieron desprenderse del árbol.
Uno de esos frutos le dijo "Hasta pronto, querido árbol, andaré por aquí cerca y mis semillas harán crecer otros bonitos árboles, parecidos a tí".
El árbol le respondió "Me cuesta desprenderme de tí, pero te formé y te ayudé a madurar, y ha llegado el momento de que seamos independientes, físicamente estaremos separados, pero tu siempre tendrás algo de mí, y yo de tí."
Otro de los frutos dijo: "Yo no me quiero separar" y por más que el árbol insistió, insistió e insistió, el se quedó colgado de una de las ramas. Y sólo sirvió para crear un peso en esa rama, y sus semillas nunca dieron vida a nuevos árboles.
Hoy hay un monte de árboles, en cuyo centro se encuentra el viejo árbol, ya sin frutos y con sus ramas vacías, rodeado de otros árboles y sus retoños. Y florecen en cada primavera recordando que la vida es un ciclo, que se repite una y otra vez y perdura en nuestros frutos.
jueves, junio 28, 2012
Una historia de dos abuelos.
Mi querido abuelo Basilio Klemenco era de origen ucraniano. Tal vez resulte extraño que el fuera "Klemenco" (con K) y yo "Clemenco" con C, al igual que mi madre. En realidad siempre hubieron Klemencos con K y Clemencos con C en la familia. Temas de Registro Civil, según dicen.
A mi abuelo le gustaba mucho contar anécdotas de su infancia, y a mis primos y a mí nos gustaba mucho escucharlas. No sé hasta donde es fiel mi memoria, pero yo recuerdo que casi siempre lo hacía en el fondo de su casa, sentados bajo el fresco de una parra.
Una de las anécdotas que relataba con más frecuencia, era como el, siendo un niño pequeño, debió huir con su familia oculto bajo los asientos del tren Transiberiano, para así poder llegar a un puerto y tomar un barco que los traería a América.
Como niños, no apreciábamos mucho el valor de ese relato, al que tomábamos casi como un cuento de aventuras y, ¿para que ocultarlo?, a veces dudábamos de la veracidad de los dichos del abuelo
Ya más grande, me interesó saber un poco más de la historia familiar. Allí caí en la cuenta de que la infancia de mi abuelo había transcurrido entre la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa (mi abuelo nació en 1908). El Transiberiano era el medio que tenía la población rusa de llegar al puerto de Vladivostok, única vía de salida al Océano Pacífico de las Repúblicas Soviéticas. Pero el viaje seguramente no era fácil. No estamos hablando de un viaje de muchas horas, sino que tardaba ¡semanas!. El recorrido era de nada menos que 9.288 kilómetros, atravesando campos nevados, con temperaturas bajísimas.
Es de imaginarse cuantas penurias y cuanto terror deberían estar viviendo las familias, para que decidieran emprender una aventura de esa naturaleza para huir de la guerra.
Hace unos años atrás, ví un sitio web de un conocido fotógrafo estadounidense llamado Kent Clemenco, así con "C", como yo. Me decidí a escribirle, con mi inglés que no es muy rico, y sin muchas esperanzas de que me contestara. Pero esta fue la respuesta que recibí:
Hola, encantado de saber de usted ... Sí, mi abuelo, historia interesante, abandonó Rusia por primera vez en 1916, rumbo a San Francisco ... Volvió después de que el Ejército Rojo acabó con la Ucrania a encontrar los restantes miembros de la familia ... que fueron exterminados ... Así que abandonó de nuevo el país y huyó haciéndose pasar como reportero en el tren Transiberiano tren y salió a través de Siberia ...
¡La historia del abuelo Basilio era cierta! De otra forma no puede explicarse que dos abuelos, en los dos extremos de América, contaran historias tan parecidas a sus nietos.
A mi abuelo le gustaba mucho contar anécdotas de su infancia, y a mis primos y a mí nos gustaba mucho escucharlas. No sé hasta donde es fiel mi memoria, pero yo recuerdo que casi siempre lo hacía en el fondo de su casa, sentados bajo el fresco de una parra.
Una de las anécdotas que relataba con más frecuencia, era como el, siendo un niño pequeño, debió huir con su familia oculto bajo los asientos del tren Transiberiano, para así poder llegar a un puerto y tomar un barco que los traería a América.
Como niños, no apreciábamos mucho el valor de ese relato, al que tomábamos casi como un cuento de aventuras y, ¿para que ocultarlo?, a veces dudábamos de la veracidad de los dichos del abuelo
Ya más grande, me interesó saber un poco más de la historia familiar. Allí caí en la cuenta de que la infancia de mi abuelo había transcurrido entre la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa (mi abuelo nació en 1908). El Transiberiano era el medio que tenía la población rusa de llegar al puerto de Vladivostok, única vía de salida al Océano Pacífico de las Repúblicas Soviéticas. Pero el viaje seguramente no era fácil. No estamos hablando de un viaje de muchas horas, sino que tardaba ¡semanas!. El recorrido era de nada menos que 9.288 kilómetros, atravesando campos nevados, con temperaturas bajísimas.
Es de imaginarse cuantas penurias y cuanto terror deberían estar viviendo las familias, para que decidieran emprender una aventura de esa naturaleza para huir de la guerra.
Hace unos años atrás, ví un sitio web de un conocido fotógrafo estadounidense llamado Kent Clemenco, así con "C", como yo. Me decidí a escribirle, con mi inglés que no es muy rico, y sin muchas esperanzas de que me contestara. Pero esta fue la respuesta que recibí:
Hola, encantado de saber de usted ... Sí, mi abuelo, historia interesante, abandonó Rusia por primera vez en 1916, rumbo a San Francisco ... Volvió después de que el Ejército Rojo acabó con la Ucrania a encontrar los restantes miembros de la familia ... que fueron exterminados ... Así que abandonó de nuevo el país y huyó haciéndose pasar como reportero en el tren Transiberiano tren y salió a través de Siberia ...
¡La historia del abuelo Basilio era cierta! De otra forma no puede explicarse que dos abuelos, en los dos extremos de América, contaran historias tan parecidas a sus nietos.
lunes, noviembre 28, 2011
lunes, octubre 03, 2011
La espera
A través de Flickr:
La bombilla en cruz, como indica la tradición y la espera, el momento previo, al sabor amargo, tibio y espumoso de un mate bien preparado.
martes, marzo 22, 2011
Reflexiones de padre (publicado originalmente el 7/4/2010)
Anoche (esto es verdad) conversábamos con mi hija de nueve años. Le comenté que antes de que ella naciera yo no sabía que se sentía ser papá y le dije que había descubierto una cosa... que me gustaba mucho ser su papá.
Ella me abrazó y me dijo que a ella le gustaba mucho ser mi hija. ¡Que mejor forma de terminar una dura jornada que oír eso de labios de una hija!
Un rato después, ya solo, me puse a reflexionar en mi objetivo como padre. Y me dije: “Criar hijos felices”.
Pero rápidamente lo descarté. ¡Caramba! dirán ustedes... ¿que está diciendo este hombre? ¿no quiere criar hijos felices? Por supuesto que sí. Pero plantearlo así es una utopía.
La felicidad absoluta no existe. La vida es cruel a veces y la felicidad es un estado espiritual que depende de muchas cosas. Entre otras, de nuestra cultura, de nuestras ambiciones, del entorno, de los afectos y muchos etcétera más.
Nuestro deber de padre pasa por estar al lado de nuestros hijos sonriendo con ellos en sus momentos felices, y también acompañarlos y llorar con ellos en los momentos duros. Y, cuidado, tratando de ver el mundo con sus ojos y midiendo el grado de felicidad o de dureza desde su punto de vista de niños y no desde nuestra óptica de adultos.
Esto es importante. ¿Alguna vez miraron vuestra casa agachados, situando sus ojos a un metro del piso? ¿Se imaginan cruzar la calle así?. Sin embargo, así es como ven el mundo nuestros hijos. Y lo mismo pasa con las cosas abstractas. No las ven, no las perciben, no las sienten (en todo el significado del verbo sentir) igual que nosotros. Tenemos que aprender a ver “su” realidad, que puede ser (y casi siempre lo será) diferente a la nuestra. Y tenemos que tener la humildad de reconocer que “nuestra” realidad no es más real que la de ellos. Son etapas que deben pasar y, cuando sean adultos, ya compartiremos realidades similares.
Así que, descartado este objetivo por inalcanzable, me dije ¿que tal construír un futuro para ellos? Y, a poco que lo pensé, me di cuenta de lo soberbio de esta afirmación. ¿Quien soy yo para construírle el futuro a alguien, aunque sea mi hijo? Cuando hablamos de futuro siempre usamos la analogía de construír. Y una construcción comienza por sus cimientos, por esa parte que no vemos, por esa parte que no forma parte de la belleza de un edificio, por esa parte que no se pinta ni se decora, pero sin la cual el edificio (el futuro) se derrumba. Y no sabemos si nuestros hijos van a tener una casita humilde o un altísimo rascacielos. Entonces ¿que cimientos le haremos? ¿Cuán grandes y cuan profundos? No podemos saberlo. Que tal entonces si, en vez de construír un futuro “para” ellos, nos dedicamos a construír un futuro “con” ellos. Dejémosle elegir como quieren que sea su futuro (y muy probablemente será muy distinto al que nosotros imaginamos para ellos). No tratemos de ser el arquitecto de “su” obra. Al fin y al cabo ellos vivirán ese futuro por mucho más tiempo que nosotros y ellos tienen que sentirse cómodos en él, no nosotros. Eso sí... podemos ser el albañil que les ayuda a cavar los cimientos, que les ayuda a colocar los ladrillos derechos, que les ayuda a impermeabilizar las paredes para que no se filtren humedades (ira, rencor, envidia, odio...) que hagan ese futuro menos confortable. Pero es “su” futuro, es “su” obra, es “su” elección... y no tenemos derecho, ni aún como padres, a apropiarnos de ello.
Sonreír con ellos, llorar con ellos, construír con ellos... algo se repite... “con ellos” ¡Encontré mi objetivo! Para mí ser padre es compartir, no sólo mi hogar, mis ingresos, mi computadora... ¡mi Vida! y que ellos compartan su Vida conmigo. Y no hablo de la vida como el lapso que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Hablo de la Vida como esa fuerza que nos mueve, y que guía nuestros actos (los acertados y los erróneos). Ese y no otro, es mi objetivo de padre. Que un poco de esa fuerza pase de mi hacia ellos y que un poco de la de ellos pase hacia mí. Que cuando están felices su fuerza interior alivie mi dolor o mi cansancio, y que cuando caigan mi fuerza interior les levante y le haga retomar el camino.
Son sólo reflexiones de padre... queda mucho por aprender sobre esto. Al fin llevo sólo nueve años aprendiendo y toda la vida no será suficiente para aprenderlo todo.
Ella me abrazó y me dijo que a ella le gustaba mucho ser mi hija. ¡Que mejor forma de terminar una dura jornada que oír eso de labios de una hija!
Un rato después, ya solo, me puse a reflexionar en mi objetivo como padre. Y me dije: “Criar hijos felices”.
Pero rápidamente lo descarté. ¡Caramba! dirán ustedes... ¿que está diciendo este hombre? ¿no quiere criar hijos felices? Por supuesto que sí. Pero plantearlo así es una utopía.
La felicidad absoluta no existe. La vida es cruel a veces y la felicidad es un estado espiritual que depende de muchas cosas. Entre otras, de nuestra cultura, de nuestras ambiciones, del entorno, de los afectos y muchos etcétera más.
Nuestro deber de padre pasa por estar al lado de nuestros hijos sonriendo con ellos en sus momentos felices, y también acompañarlos y llorar con ellos en los momentos duros. Y, cuidado, tratando de ver el mundo con sus ojos y midiendo el grado de felicidad o de dureza desde su punto de vista de niños y no desde nuestra óptica de adultos.
Esto es importante. ¿Alguna vez miraron vuestra casa agachados, situando sus ojos a un metro del piso? ¿Se imaginan cruzar la calle así?. Sin embargo, así es como ven el mundo nuestros hijos. Y lo mismo pasa con las cosas abstractas. No las ven, no las perciben, no las sienten (en todo el significado del verbo sentir) igual que nosotros. Tenemos que aprender a ver “su” realidad, que puede ser (y casi siempre lo será) diferente a la nuestra. Y tenemos que tener la humildad de reconocer que “nuestra” realidad no es más real que la de ellos. Son etapas que deben pasar y, cuando sean adultos, ya compartiremos realidades similares.
Así que, descartado este objetivo por inalcanzable, me dije ¿que tal construír un futuro para ellos? Y, a poco que lo pensé, me di cuenta de lo soberbio de esta afirmación. ¿Quien soy yo para construírle el futuro a alguien, aunque sea mi hijo? Cuando hablamos de futuro siempre usamos la analogía de construír. Y una construcción comienza por sus cimientos, por esa parte que no vemos, por esa parte que no forma parte de la belleza de un edificio, por esa parte que no se pinta ni se decora, pero sin la cual el edificio (el futuro) se derrumba. Y no sabemos si nuestros hijos van a tener una casita humilde o un altísimo rascacielos. Entonces ¿que cimientos le haremos? ¿Cuán grandes y cuan profundos? No podemos saberlo. Que tal entonces si, en vez de construír un futuro “para” ellos, nos dedicamos a construír un futuro “con” ellos. Dejémosle elegir como quieren que sea su futuro (y muy probablemente será muy distinto al que nosotros imaginamos para ellos). No tratemos de ser el arquitecto de “su” obra. Al fin y al cabo ellos vivirán ese futuro por mucho más tiempo que nosotros y ellos tienen que sentirse cómodos en él, no nosotros. Eso sí... podemos ser el albañil que les ayuda a cavar los cimientos, que les ayuda a colocar los ladrillos derechos, que les ayuda a impermeabilizar las paredes para que no se filtren humedades (ira, rencor, envidia, odio...) que hagan ese futuro menos confortable. Pero es “su” futuro, es “su” obra, es “su” elección... y no tenemos derecho, ni aún como padres, a apropiarnos de ello.
Sonreír con ellos, llorar con ellos, construír con ellos... algo se repite... “con ellos” ¡Encontré mi objetivo! Para mí ser padre es compartir, no sólo mi hogar, mis ingresos, mi computadora... ¡mi Vida! y que ellos compartan su Vida conmigo. Y no hablo de la vida como el lapso que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Hablo de la Vida como esa fuerza que nos mueve, y que guía nuestros actos (los acertados y los erróneos). Ese y no otro, es mi objetivo de padre. Que un poco de esa fuerza pase de mi hacia ellos y que un poco de la de ellos pase hacia mí. Que cuando están felices su fuerza interior alivie mi dolor o mi cansancio, y que cuando caigan mi fuerza interior les levante y le haga retomar el camino.
Son sólo reflexiones de padre... queda mucho por aprender sobre esto. Al fin llevo sólo nueve años aprendiendo y toda la vida no será suficiente para aprenderlo todo.
viernes, diciembre 10, 2010
Ser Humano
- Mi pluma es ágil y mi verbo filoso, porque la educación formal me enseñó a leer y escribir, pero fue la calle la que me enseñó a sentir.
- Porque conocí señores que bajo su traje Armani no usaban un corazón sensible, y señoras de plástico con sonrisas de muñecas, pero también ví de cerca la inmundicia de la droga y la prostitución.
- Y aunque los unos y los otros me producen un cierto asco, me muevo como pez en el agua tanto en un río de agua clara como en las miasmas del Miguelete. Eso sí... no intenten ponerme tras el cristal de una pecera, porque lo mío es la libertad, esa capacidad de decir, escribir y, sobre todo, pensar, no lo que me venga en gana, sino lo que mi raciocinio, si es que todavía me queda algo, me diga que es correcto.
- Porque mientras haya un hálito de vida en mi corazón y un pensamiento en el gran torbellino que es mi cabeza, seguiré siendo un ser humano. Quizá no muy ser, pero sí muy humano.
viernes, julio 03, 2009
Mano
Desde que tengo memoria, te recuerdo con tu pelo blanco, tus ojos claros y tus manos grandes, muy grandes. ¿Como no iban a ser grandes? Grandes para proteger a tantos hijos. Grandes para acariciar a tantos nietos. Grandes para enfrentar tanta adversidad. Grandes para sembrar tantas esperanzas.
Hoy tu pelo está más blanco y suave que nunca, tus ojos no han perdido su luz y tus manos siguen siendo tan grandes como entonces. Grandes para abarcar tanta historia, tantas vivencias, tantos recuerdos. Grandes para dar tanto amor y para recibir tanto cariño.
Algún día esas manos se extenderán para decir adiós, pero no quiero pensar en ese momento. Prefiero sentir que en cada momento de mi vida, esas manos toman las mías y me guían, me palmean en la espalda y me alientan y ¿por que no? a veces se apoyan en mi brazo para que sea yo quien pueda llevarte, porque vos ya estás cansado.
Hoy tu pelo está más blanco y suave que nunca, tus ojos no han perdido su luz y tus manos siguen siendo tan grandes como entonces. Grandes para abarcar tanta historia, tantas vivencias, tantos recuerdos. Grandes para dar tanto amor y para recibir tanto cariño.
Algún día esas manos se extenderán para decir adiós, pero no quiero pensar en ese momento. Prefiero sentir que en cada momento de mi vida, esas manos toman las mías y me guían, me palmean en la espalda y me alientan y ¿por que no? a veces se apoyan en mi brazo para que sea yo quien pueda llevarte, porque vos ya estás cansado.
jueves, julio 02, 2009
Acerca de la gripe A H1/N1
Aunque soy médico no pretendo escribir una nota científica. Tampoco una nota sociológica porque no soy sociólogo, pero sí quiero dar un enfoque humano porque soy parte de la humanidad y libre de opinar como cualquier habitante de este planeta.
Me molesta profundamente la ligereza e irresponsabilidad que tienen algunas personas cuando "tiran" información sobre este grave problema y dicen cosas como que fue creado intencionalmente para que los laboratorios generen más ganancias, o dislates por el estilo.
En mi país, entre ayer y hoy, murieron las primeras cuatro personas víctimas de esta enfermedad. Yo me pregunto: si sus familiares leyeron la información anterior y la creyeron ¿como se sentirán ahora, pensando en que su ser querido fue víctima de la ambición?
Si quieren saberlo, yo también pienso que el tema de este nuevo virus es un problema económico. Pero no en el sentido de gente inescrupulosa que mata a otra gente (que también los habrá, no seamos tan ingenuos) sino en un sentido más real del que muy poco he oído hablar. Se habla de que, por lo menos en Uruguay, puede haber picos de ausentismo de hasta 30%. Eso significa que las escuelas funcionarán con 30% menos de maestros, la seguridad estará a cargo del 70% de los policías. Los centros asistenciales tendrán una mayor carga de trabajo, pero 30% menos de médicos y de enfermeras. Las fábricas verán disminuir su productividad, el país su competitividad... ¿Les parece una visión demasiado materialista? Yo no lo creo. Porque esa generación de riqueza que se pierde es la misma que me permite darle de comer a mis hijos, mantener la seguridad social, disminuír la pobreza. No entremos en la discusión de como se usan los recursos. Lo cierto es que si los recursos dejan de generarse (o disminuyen fuertemente) no existe ni siquiera la opción de usarlos bien.
También se cuestiona que se da a esta enfermedad mayor difusión que a otras enfermedades que causan muchas más muertes y están arraigadas desde hace mucho tiempo en países pobres del planeta. Y yo pienso que es lógico. Este problema es nuevo, y hay que buscarle solución. Los otros problemas son viejos y las soluciones ya han sido planteadas. O bien han existido dificultades para ponerlas en práctica o bien se trata de un problema político que no es mi intención, ni este es el lugar apropiado, para comentarlo.
En resumen: tratemos el tema de la gripe A H1/N1 responsablemente. No importa que opinemos diferente. Que cada cual diga lo que responsablemente sienta que debe decir, pero sin tomarlo a la chacota o, mucho menos, generando intencionalmente confusión que daña, y mucho, a quienes dicen defender.
Me molesta profundamente la ligereza e irresponsabilidad que tienen algunas personas cuando "tiran" información sobre este grave problema y dicen cosas como que fue creado intencionalmente para que los laboratorios generen más ganancias, o dislates por el estilo.
En mi país, entre ayer y hoy, murieron las primeras cuatro personas víctimas de esta enfermedad. Yo me pregunto: si sus familiares leyeron la información anterior y la creyeron ¿como se sentirán ahora, pensando en que su ser querido fue víctima de la ambición?
Si quieren saberlo, yo también pienso que el tema de este nuevo virus es un problema económico. Pero no en el sentido de gente inescrupulosa que mata a otra gente (que también los habrá, no seamos tan ingenuos) sino en un sentido más real del que muy poco he oído hablar. Se habla de que, por lo menos en Uruguay, puede haber picos de ausentismo de hasta 30%. Eso significa que las escuelas funcionarán con 30% menos de maestros, la seguridad estará a cargo del 70% de los policías. Los centros asistenciales tendrán una mayor carga de trabajo, pero 30% menos de médicos y de enfermeras. Las fábricas verán disminuir su productividad, el país su competitividad... ¿Les parece una visión demasiado materialista? Yo no lo creo. Porque esa generación de riqueza que se pierde es la misma que me permite darle de comer a mis hijos, mantener la seguridad social, disminuír la pobreza. No entremos en la discusión de como se usan los recursos. Lo cierto es que si los recursos dejan de generarse (o disminuyen fuertemente) no existe ni siquiera la opción de usarlos bien.
También se cuestiona que se da a esta enfermedad mayor difusión que a otras enfermedades que causan muchas más muertes y están arraigadas desde hace mucho tiempo en países pobres del planeta. Y yo pienso que es lógico. Este problema es nuevo, y hay que buscarle solución. Los otros problemas son viejos y las soluciones ya han sido planteadas. O bien han existido dificultades para ponerlas en práctica o bien se trata de un problema político que no es mi intención, ni este es el lugar apropiado, para comentarlo.
En resumen: tratemos el tema de la gripe A H1/N1 responsablemente. No importa que opinemos diferente. Que cada cual diga lo que responsablemente sienta que debe decir, pero sin tomarlo a la chacota o, mucho menos, generando intencionalmente confusión que daña, y mucho, a quienes dicen defender.
martes, junio 30, 2009
La espera
La bombilla en cruz, como indica la tradición y la espera, el momento previo, al sabor amargo, tibio y espumoso de un mate bien preparado.
martes, junio 02, 2009
Cumpliendo años en un día gris.
Hoy he cosechado cuatro docenas de años. Algunos ya están totalmente abiertos, y muestran todo su esplendor. Otros son apenas capullos que aún tienen encerrado todo su potencial.
En este momento, en que seguramente he pasado ya la mitad de mi vida, me siento suficientemente joven para entenderme con los jóvenes y suficientemente viejo para entenderme con los viejos.
No tengo casi arrugas en mi rostro pero, más importante aún, no las tengo en mi corazón. Abordo con la misma pasión de hace veinte años las cosas que me entusiasman y lucho con la misma fuerza de siempre contra lo que creo que está mal.
Puedo decir que no hay años malos y años buenos. Hay años lindos y años feos, pero todos aportan su cuota de experiencia y sabiduría.
Lo importante es que no hayan años perdidos. Pero los años se componen de meses, los meses de días, los días de horas y las horas de minutos. Por eso es importante que en cada minuto, en cada segundo, en cada instante de nuestras vidas estemos con la mente y el corazón abiertos, dispuestos a aprender, a experimentar, a desarrollarnos. Crecer y mejorar, siempre, en todo momento. Ese es mi lema.
Te doy las gracias, Señor, por estos años que me has permitido vivir y por lo que en ellos recibí. Y ojalá sea tu voluntad concederme muchos años más de vida, y poder ver que este mundo loco de hoy se convierte en un mejor lugar para vivir donde mis hijos, vela y timón de mi existir, puedan también crecer y mejorar, y prolongar en ellos mi existencia. Y que yo pueda poner mi granito de arena para que así sea.
En este momento, en que seguramente he pasado ya la mitad de mi vida, me siento suficientemente joven para entenderme con los jóvenes y suficientemente viejo para entenderme con los viejos.
No tengo casi arrugas en mi rostro pero, más importante aún, no las tengo en mi corazón. Abordo con la misma pasión de hace veinte años las cosas que me entusiasman y lucho con la misma fuerza de siempre contra lo que creo que está mal.
Puedo decir que no hay años malos y años buenos. Hay años lindos y años feos, pero todos aportan su cuota de experiencia y sabiduría.
Lo importante es que no hayan años perdidos. Pero los años se componen de meses, los meses de días, los días de horas y las horas de minutos. Por eso es importante que en cada minuto, en cada segundo, en cada instante de nuestras vidas estemos con la mente y el corazón abiertos, dispuestos a aprender, a experimentar, a desarrollarnos. Crecer y mejorar, siempre, en todo momento. Ese es mi lema.
Te doy las gracias, Señor, por estos años que me has permitido vivir y por lo que en ellos recibí. Y ojalá sea tu voluntad concederme muchos años más de vida, y poder ver que este mundo loco de hoy se convierte en un mejor lugar para vivir donde mis hijos, vela y timón de mi existir, puedan también crecer y mejorar, y prolongar en ellos mi existencia. Y que yo pueda poner mi granito de arena para que así sea.
sábado, marzo 07, 2009
Mis recuerdos del Misericordista
No se por que, pero esta noche se me dió por recordar a mi querido Colegio y Liceo Misericordista. En realidad nunca lo olvidé, pero hoy lo recuerdo con mucho más fuerza.
Comencé allí en primero de escuela, con 5 años, hice toda la primaria, secundaria, bachillerato y después di clases de biología por un año.
Hoy tengo 47 años y puedo decir, con toda propiedad, que aún sigo aplicando lo que aprendí en el Mise. No sólo lo curricular, también, y más que nada, los valores.
¡Como no recordar con tanto cariño a los maestros y profesores!
Mi maestra de primero, Susana Fossati, puro cariño.
Mi maestro de segundo, Luis Taboada. Creo que era paraguayo, grandote (o por lo menos yo lo veía así). Un día que había faltado mi maestra de primero y yo no quería ponerme en la fila le dije "yo no voy porque Ud. no es mi maestro"... en realidad yo era un niño muy dócil, pero me salió decirle así. Me levantó de un brazo en el aire y me puso en la fila. Pero era realmente bueno, actuaba con autoridad, no con autoritarismo (valga la frase hecha).
Mi maestro de tercero y de cuarto: el hermano Camilo, italiano, era bastante mayor y muy, muy culto. Y sabía realmente transmitir sus conocimientos.
Y en quinto y sexto, el hermano Carlos. Un argentino que era un verdadero personaje. Muchos lo recordarán por su defecto físico (le faltaba una mano), pero yo más que nada lo recuerdo porque era un maestro de escuela y un maestro de vida, siempre dispuesto a escuchar, aconsejar, comprender, ayudar. Y los más díscolos se acordarán de la suegra y de la novia, sus cañas (la suegra gorda y la novia finita) con la que tocaba a los que no se portaban como era debido.
Junto a ellos, desde la dirección, el hermano Enrique, el hermano Jorge, el hermano Faustino, a quien no llegué a tener como maestro, y otros a quienes conocí más en la época del liceo.
Al comenzar la secundaria, el colegio se hizo mixto... antes éramos todos varones. El primer día de clases estábamos todas las niñas de un lado y todos los varones del otro... hasta que llegó Fugazot y nos ordenó sentarnos uno y uno... ¡que vergüenza nos daba!
Allí comencé a tener más trato con Hugo Fugazot y con Susana González, a quienes recuerdo con muchísimo cariño.
Mis profesores de Biología, Vicente Pírez y Omar Fugazot (hermano de Hugo), que tuvieron definitiva influencia en mi vocación por la medicina.
Reina Stupino, la profesora de música.
Nany Suárez en geografía, Freire en matemáticas... y unos cuantos más cuyos nombres lamentablemente no alcanzo a recordar (y unos pocos, muy pocos, de los que prefiero no acordarme).
La inolvidable experiencia del coro, con el que ganamos varios concursos, dirigidos por otra Reina (no recuerdo el apellido).
Rebellato y el fantástico grupo de historia. Una experiencia fantástica. Recorrimos todo el interior, con uniformes de soldados de la época colonial, salíamos en los diarios, hicimos guardia y guiábamos en el Cabildo de Montevideo, aprendimos, nos divertimos, nos "soltamos" de nuestros padres... en fin, crecimos. De Rebellato nunca supe más nada, creo que se había ido para España. Todos le envidiabamos la moto que tenía, una Zanella negra preciosa.
Y, por supuesto, los compañeros, algunos de ellos "de toda la vida", desde la escuela: Adriana Correa, Susana Montero, Isabel Iglesias, Lilián Carrasco, Sandra Marotta, Dorita Palumbo, Analía Denis, Silvia López, Ermitas Moreira, Mirta de la Cruz (¡mi compañera de banco!), Loreley Pera, Myriam López, Héctor Jueguen, Edgardo Franqui, Carlos Olivera, Jorge Cocchiararo, Alfredo Delpréstito (o "del puestito" como le decíamos nosotros), Alberto Méndez, Fernando Férnandez, Pablo Caligiuri, Gerardo Confalonieri, Gabriel de Souza, Sergio Isola, Antonio Abelenda, Sylvia Calcagno, Bibiana Bidegaray (del Humanístico, yo estaba en biológico)... y perdón a todos los que no me vienen a la mente ahora.
Teníamos una barrita con la que todos los sábados íbamos a los bailes de Lulo Loureiro, generalmente a Galería Cristal o a veces a otros lados, íbamos Carlos, Lilián y su hermana Silvia y a veces se agregaba alguno más. Los domingos nos íbamos al Club Colón (porque pasaban rock, en cambio los sábados era baile de cumbia, que odiábamos). A la vuelta, hacíamos tiempo hasta las 7, porque en el Bar Rover, de San Martín y Propios, sacaban bizcochitos caseros, calentitos...
Cuando teníamos horas puente en el liceo, nos escapábamos a la casa de Franqui a escuchar rock... allí aprendí a apreciar a Deep Purple, que aún hoy me gusta.
Por esa época, también empezaba a picar por primera vez el bichito del amor, a veces con compañeras de otras clases (no voy a dar nombres, porque soy un caballero...). Me acuerdo que a veces dejábamos cartitas anónimas pegadas en la parte de abajo de los bancos, con la esperanza de que en el otro turno se sentara allí una chica bonita, ¡cuanta ingenuidad!.
¿Cómo se va a olvidar uno de eso? El colegio fue sin dudas, un segundo hogar, pasé ahí casi la cuarta parte de mi vida, aprendí cosas y viví experiencias que me van a acompañar por el resto de mis días.
Bonfiglio y la cantina (hasta futbolito tenía), González, la librería, el árbol de grafiones ("cerezo") que se veía desde el muro del patio (¿todavía estará?)...
Nada... sólo quería escribirlo y compartirlo con ustedes y que si alguien de los que mencioné lo llega a leer, sepa que los recuerdo con todo mi afecto y cariño.
Comencé allí en primero de escuela, con 5 años, hice toda la primaria, secundaria, bachillerato y después di clases de biología por un año.
Hoy tengo 47 años y puedo decir, con toda propiedad, que aún sigo aplicando lo que aprendí en el Mise. No sólo lo curricular, también, y más que nada, los valores.
¡Como no recordar con tanto cariño a los maestros y profesores!
Mi maestra de primero, Susana Fossati, puro cariño.
Mi maestro de segundo, Luis Taboada. Creo que era paraguayo, grandote (o por lo menos yo lo veía así). Un día que había faltado mi maestra de primero y yo no quería ponerme en la fila le dije "yo no voy porque Ud. no es mi maestro"... en realidad yo era un niño muy dócil, pero me salió decirle así. Me levantó de un brazo en el aire y me puso en la fila. Pero era realmente bueno, actuaba con autoridad, no con autoritarismo (valga la frase hecha).
Mi maestro de tercero y de cuarto: el hermano Camilo, italiano, era bastante mayor y muy, muy culto. Y sabía realmente transmitir sus conocimientos.
Y en quinto y sexto, el hermano Carlos. Un argentino que era un verdadero personaje. Muchos lo recordarán por su defecto físico (le faltaba una mano), pero yo más que nada lo recuerdo porque era un maestro de escuela y un maestro de vida, siempre dispuesto a escuchar, aconsejar, comprender, ayudar. Y los más díscolos se acordarán de la suegra y de la novia, sus cañas (la suegra gorda y la novia finita) con la que tocaba a los que no se portaban como era debido.
Junto a ellos, desde la dirección, el hermano Enrique, el hermano Jorge, el hermano Faustino, a quien no llegué a tener como maestro, y otros a quienes conocí más en la época del liceo.
Al comenzar la secundaria, el colegio se hizo mixto... antes éramos todos varones. El primer día de clases estábamos todas las niñas de un lado y todos los varones del otro... hasta que llegó Fugazot y nos ordenó sentarnos uno y uno... ¡que vergüenza nos daba!
Allí comencé a tener más trato con Hugo Fugazot y con Susana González, a quienes recuerdo con muchísimo cariño.
Mis profesores de Biología, Vicente Pírez y Omar Fugazot (hermano de Hugo), que tuvieron definitiva influencia en mi vocación por la medicina.
Reina Stupino, la profesora de música.
Nany Suárez en geografía, Freire en matemáticas... y unos cuantos más cuyos nombres lamentablemente no alcanzo a recordar (y unos pocos, muy pocos, de los que prefiero no acordarme).
La inolvidable experiencia del coro, con el que ganamos varios concursos, dirigidos por otra Reina (no recuerdo el apellido).
Rebellato y el fantástico grupo de historia. Una experiencia fantástica. Recorrimos todo el interior, con uniformes de soldados de la época colonial, salíamos en los diarios, hicimos guardia y guiábamos en el Cabildo de Montevideo, aprendimos, nos divertimos, nos "soltamos" de nuestros padres... en fin, crecimos. De Rebellato nunca supe más nada, creo que se había ido para España. Todos le envidiabamos la moto que tenía, una Zanella negra preciosa.
Y, por supuesto, los compañeros, algunos de ellos "de toda la vida", desde la escuela: Adriana Correa, Susana Montero, Isabel Iglesias, Lilián Carrasco, Sandra Marotta, Dorita Palumbo, Analía Denis, Silvia López, Ermitas Moreira, Mirta de la Cruz (¡mi compañera de banco!), Loreley Pera, Myriam López, Héctor Jueguen, Edgardo Franqui, Carlos Olivera, Jorge Cocchiararo, Alfredo Delpréstito (o "del puestito" como le decíamos nosotros), Alberto Méndez, Fernando Férnandez, Pablo Caligiuri, Gerardo Confalonieri, Gabriel de Souza, Sergio Isola, Antonio Abelenda, Sylvia Calcagno, Bibiana Bidegaray (del Humanístico, yo estaba en biológico)... y perdón a todos los que no me vienen a la mente ahora.
Teníamos una barrita con la que todos los sábados íbamos a los bailes de Lulo Loureiro, generalmente a Galería Cristal o a veces a otros lados, íbamos Carlos, Lilián y su hermana Silvia y a veces se agregaba alguno más. Los domingos nos íbamos al Club Colón (porque pasaban rock, en cambio los sábados era baile de cumbia, que odiábamos). A la vuelta, hacíamos tiempo hasta las 7, porque en el Bar Rover, de San Martín y Propios, sacaban bizcochitos caseros, calentitos...
Cuando teníamos horas puente en el liceo, nos escapábamos a la casa de Franqui a escuchar rock... allí aprendí a apreciar a Deep Purple, que aún hoy me gusta.
Por esa época, también empezaba a picar por primera vez el bichito del amor, a veces con compañeras de otras clases (no voy a dar nombres, porque soy un caballero...). Me acuerdo que a veces dejábamos cartitas anónimas pegadas en la parte de abajo de los bancos, con la esperanza de que en el otro turno se sentara allí una chica bonita, ¡cuanta ingenuidad!.
¿Cómo se va a olvidar uno de eso? El colegio fue sin dudas, un segundo hogar, pasé ahí casi la cuarta parte de mi vida, aprendí cosas y viví experiencias que me van a acompañar por el resto de mis días.
Bonfiglio y la cantina (hasta futbolito tenía), González, la librería, el árbol de grafiones ("cerezo") que se veía desde el muro del patio (¿todavía estará?)...
Nada... sólo quería escribirlo y compartirlo con ustedes y que si alguien de los que mencioné lo llega a leer, sepa que los recuerdo con todo mi afecto y cariño.
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