viernes, enero 25, 2013

Una mujer volando con el viento


No era tarde aún. Bea volvía a su casa. La tormenta estaba cada vez más fuerte y su rostro estaba empapado de lluvia... y lágrimas.

Nunca podría olvidar lo que había visto aquella noche. Ni perdonarlo.

Llegó, abrió la puerta, fue a la cocina y eligió un puñado de pastillas del placard, que tomó casi sin agua.

Se dió una ducha caliente y así como estaba, se acurrucó en la tibieza de su cama y cayó en un profundo sueño.

La ventana se abrió de golpe con el viento y Bea se vió volando a través de la ventana. Tal vez por el calor de las mantas, o por esa extraña sensación de felicidad que sentía, no tenía frío, a pesar de que el viento era muy fuerte.

Debajo de ella veía las luces de la ciudad, y más adelante el amplio espacio oscuro del Río de la Plata. Cuando llegó a estar sobre él, las nubes comenzaron a despejarse y la luna, con su cara siempre triste, asomó tímidamente.

El viento cesó de golpe. Y Bea, cayó, cayó, cayó...

(Inspirado en un tweet de @Bea_Shrink)

miércoles, noviembre 28, 2012

El libro de la vida

Me gusta imaginarme la vida cuál si fuera un libro, que se va escribiendo a través de los años.
Cada etapa de nuestra vida, la infancia, la adolescencia, la adultez, la madurez, la vejez, es un capítulo de este libro.
El pasaje de una etapa a la otra implica cerrar un capítulo, dar vuelta la página y comenzar uno nuevo.
Pero, al igual que en un libro, nada impide volver atrás y releer lo que ya está escrito, volver a pensarlo y actuar para que la transición entre un capítulo y otro sea fluida y disfrutable y el libro, en general, nuestra vida, sea una unidad indivisible donde todo está conectado.
Este libro de nuestra vida tiene muchos autores, y tiene la particularidad de que las últimas páginas no están escritas por nosotros, sino por nuestros hijos y nietos, con el legado de vivencias y emociones que les habremos dejado.
Estas serán a la vez el epílogo de nuestro libro y el prólogo del de ellos.

El fruto y el árbol.

(Inspirado en un trabajo realizado por mi hija mayor, próxima a finalizar su ciclo escolar).

Cuentan que había una vez un árbol, que comenzó siendo una pequeña semilla, luego un pequeño retoño, hasta que creció y dió frutos.
Y un día esos frutos maduraron, y debieron desprenderse del árbol.
Uno de esos frutos le dijo "Hasta pronto, querido árbol, andaré por aquí cerca y mis semillas harán crecer otros bonitos árboles, parecidos a tí".
El árbol le respondió "Me cuesta desprenderme de tí, pero te formé y te ayudé a madurar, y ha llegado el momento de que seamos independientes, físicamente estaremos separados, pero tu siempre tendrás algo de mí, y yo de tí."
Otro de los frutos dijo: "Yo no me quiero separar" y por más que el árbol insistió, insistió e insistió, el se quedó colgado de una de las ramas. Y sólo sirvió para crear un peso en esa rama, y sus semillas nunca dieron vida a nuevos árboles.
Hoy hay un monte de árboles, en cuyo centro se encuentra el viejo árbol, ya sin frutos y con sus ramas vacías, rodeado de otros árboles y sus retoños. Y florecen en cada primavera recordando que la vida es un ciclo, que se repite una y otra vez y perdura en nuestros frutos.